La aparición de un personaje como
William Herschel a finales del siglo XVIII revolucionó la astronomía. La invención del telescopio dio lugar al descubrimiento de varios satélites de
Júpiter y
Saturno entre 1610 y 1684 por
Galileo Galilei,
Christiaan Huygens y
Giovanni Cassini. Desde entonces, hasta el descubrimiento de
Urano, no se había descubierto ningún nuevo cuerpo al
Sistema Solar y en 1781 Herschel descubre Urano, un nuevo
planeta, algo que no había pasado nunca (los otros planetas conocidos se conocían desde la antigüedad). Herschel se construía sus propios telescopios y había mejorado mucho la técnica para hacerlo, consiguiendo ver muchos más objetos del Sistema Solar. El descubrimiento de Urano confirmaba la llamada Ley de Titius-Bode, pero dejaba una incógnita: el agujero observado entre
Marte y Júpiter. Este agujero pareció tapado con el descubrimiento de
Ceres, pronto considerado un nuevo planeta, pero también muy pronto se vio que no estaba solo, y aparecieron otros: 1845 ya se conocían 5 «planetas» entre Marte y Júpiter y 1846 se encontró
Neptuno que dejaba de cumplir la mencionada Ley. Como se siguieron encontrando objetos entre Marte y Júpiter (en 1850 ya se conocían 13) y todos tenían tamaños mucho más pequeños que los otros planetas conocidos, se consideró que, a pesar de girar alrededor del
Sol, no había que considerarlos «planetas» i se les empezó a llamar «
asteroides». La mejora progresiva de los telescopios propició que se fueran encontrando más objetos, tanto satélites como asteroides, así como el estudio más profundo de algunos planetas como Marte, para el que se aprovechó la gran oposición de 1877.